21 de febrero de 2018

A la conquista de un territorio

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Una mujer fantástica
Dirección: Sebastián Lelio
Guión: Sebastián Lelio y Gonzalo Maza
Chile-Estados Unidos-Alemania-España/2017

Josefina Sartora


Tras las imágenes de las cataratas del Iguazú, anuncio del torrente emocional a venir, las primeras escenas de La mujer fantástica muestran la rutina de Orlando (Francisco Reyes), un empresario en su tarde de trabajo y bienestar; el final del día lo lleva a un local donde encuentra Marina, una cantante trans con quien sale a festejar su cumpleaños. Ambos constituyen una pareja, han empezado a vivir juntos, pero la narración imprime todo un giro cuando él sufre un ataque cerebral y ella queda sola, pasando a ser su punto de vista el que domina el film.

La filmografía de Sebastián Lelio suele explorar los intersticios de la sociedad chilena y su sistema de criterios tan instaurados, algunos de fuerte impronta conservadora. Tuve la oportunidad y el placer de integrar el jurado Fipresci que en el Festival de Transilvania 2010 premió su película Navidad, una radiografía de clase. Como en su anterior Gloria –que revitalizó la carrera artística de Paulina García-, en Una mujer fantástica Lelio indaga en los motores que bullen en una personalidad cautivante, pero sobre todo, en la respuesta de la sociedad a una situación no tradicional. Si al principio la actitud de la familia –sobre todo del hermano (Luis Gnecco)- parece de aceptación y cierta comprensión, deviene progresivamente agresiva hacia Marina, quien debe atravesar su calvario para conservar su integridad y dignidad. Marina se ve imposibilitada hasta de hacer su propio duelo. Paralela a la negación y maltrato de la familia, al deseo de invisibilizarla, es la conducta de la policía, que por su sola condición la considera una persona sospechosa y la somete a la humillación –de la que no queda excluido el médico-, desconociendo sus derechos. Y al principio, Marina no parece encontrar otra vía que la de una suerte de aceptación masoquista.


Lelio prefiere no indagar demasiado en la psicología del personaje, ni en su historia personal: son pocos los datos que tenemos, y el resto corre por cuenta del espectador. Incluso la información es dada progresivamente, permitiendo  que la historia respire. Cuando se presentó La mujer fantástica en el último Festival de Mar del Plata, la actriz Daniela Vega narró la génesis del film: siendo actriz y activa militante del transgénero, Lelio la consultó para su guión y después de varias entrevistas fue obvio que el papel era suyo. Su única participación en cine había sido en La visita (2014), en la que también actuó un rol trans, pero venía de una trayectoria como cantante lírica, con dones que pueden apreciarse en este film, en arias de Haendel y Sposa son disprezzata nada menos, de Geminiano Giacomelli. Su actuación pasa por momentos muy potentes, apasionada, y en otros la actriz resulta algo indecisa, perpleja, incómoda. Y su cuerpo habla de esa incomodidad, de esa desubicación, ese sufrimiento, sólo sostenido por su fuerza interior. En una charla con fuerte impronta política, en aquella oportunidad Vega también habló sobre los espacios que se han ganado en la sociedad y a los que no se puede renunciar, espacios de integración y comprensión que defiende este film de los que no se puede resignar, para cuidar de la propia dignidad. Conceptos que bien pueden aplicarse en estos días a nuestra reaccionaria sociedad argentina, en cuyo seno ideas, prejuicios, preconceptos que parecían muertos han vuelto a vivir y pretenden borrar esos espacios.

La fotografía, muy luminosa, habla también de la situación de Marina, que ha asumido su condición con integridad, que busca abrirse camino en la luz, con una relación estable o reconocida, con un trabajo convencional. Marina ansía ser una mujer como cualquier otra, y como tal, es luminosa. En contraste, las escenas nocturnas son la amenaza que acecha, el tenebroso peligro latente. Con algunos toques de realismo mágico, el film metaforiza también sobre la muerte, con un fantasma que vigila la recuperación de la protagonista. Con una banda de sonido excelente, resulta algo obvio e innecesario el uso del hit de Aretha Franklin, (You Make Me Feel Like) A Natural Woman.


Una mujer fantástica, que viene de recibir ya varios premios -un Goya, varios en Berlín el año pasado, en La Habana- es una de las cinco nominadas al Oscar a la mejor película en idioma extranjero. ¿Señal de los tiempos, que comparta candidaturas con Call Me By Your Name, también sobre temática LGBTQ? Mis preferencias no siempre coinciden con las de la Academia: no creo que sea mejor que la húngara En cuerpo y alma, pero ojalá lo obtenga.

14 de febrero de 2018

Solo tengo sangre, sudor y lágrimas

Las horas más oscuras (The Darkest Hour)
Dirección: Joe Wright
Guión: Anthony McCarten
Estados Unidos-Reino Unido/2017

Josefina Sartora


En los últimos tiempos se ha producido un estallido de revisiones de la historia de Gran Bretaña durante el siglo XX: La reina de Stephen Frears, El discurso del rey de Tom Hooper, las series The Crown y Los Windsor en Netflix, Dunkerke de Cristopher Nolan, Churchill de Brian Cox, entre otros. Esta mirada retrospectiva parece indagar en la esencia de la idiosincrasia británica, en su apego a las instituciones y sus normas. Y también en su historia dramática. Especialista en realizar films de época en Inglaterra, Joe Wright recrea en Las horas más oscuras el momento crítico en mayo de 1940, cuando Hitler ha invadido casi toda Europa y sobre Gran Bretaña se cierne la amenaza de una invasión, con la opción de negociar la paz con la mediación de Mussolini, en vergonzantes términos de retirada. Esa semana Winston Churchill es nombrado Primer Ministro, resistido por miembros poderosos del Parlamento. Una vez en el poder, dibuja su propia política de guerra total, oponiéndose a quienes tienen el poder en el partido que lo ha designado: Neville Chamberlain y el vizconde de Halifax quieren negociar la paz.

El film narra a manera de thriller clásico la tensión de esos días, signados por la difícil si no imposible evacuación de las tropas en Dunkerke –Joe Wright ya había presentado la desolación de aquella retirada en su film Expiación-, la derrota de lo que quedaba en Calais, última resistencia al avance nazi, marcando en pantalla el paso de cada día. Las escenas de guerra, filmadas en picado cenital, resultan más pobres que las batallas verbales que sostenían los líderes, entre quienes se jugaba el destino de aquellos guerreros. El rey Jorge VI (Ben Mendelsohn) vuelve a presentarse como una persona introvertida, temerosa, con sus dificultades para hablar, que se ve enfrentado a una dificultad superior a sus fuerzas, y que no había visto venir. Jorge no se había preparado para ser rey. Consciente de sus propias limitaciones, si al principio le teme a Churchill, quien parece mucho más seguro y firme en su puesto, al final le da su pleno apoyo, y en una movida insólita le aconseja que consulte al pueblo. ¡El rey!

El film hace foco en la psicología del Primer Ministro, famoso por sus berrinches y exabruptos, dejando muy de lado a su esposa Clementine (Kristin Scott Thomas), quien cumplió un rol importante en su vida, como vimos en The Crown: la única que sabía lidiar con sus caprichos, su mal humor, bajarle el ego y ponerlo nuevamente en sus cabales. Al lado de Churchill, todos los demás personajes están desdibujados. Gary Oldman siempre se ha destacado en papeles duros, cínicos, de difícil empatía. Aquí pone todo su histrionismo –con abundante maquillaje- para recrear la figura de Winston, un aristócrata ególatra que ha soñado toda su vida con llegar a ese alto cargo. La Academia de Hollywood adora estos roles en los que el actor ha estudiado a su personaje e imita sus gestos más característicos: el cigarro siempre encendido, el vaso de whisky desde el desayuno, la ironía a flor de piel, cierta manera de encorvarse al andar. Un hombre que parecía disfrutar del conflicto. Pero una vez concebido su personaje, no ahonda en esa psicología que fue tan rica, representativa de toda una clase social, con una capacidad de liderazgo que dominó Gran Bretaña y el mundo durante décadas. Oldman es candidato a un Oscar, y es probable que lo obtenga.


 La película cae en dos clichés que la debilitan: por un lado, presenta la historia desde el punto de vista de la nueva secretaria de Churchill (Lily James) en un intento de humanizar la historia; por otro, la escena en que Churchill –quien nunca a viajado en ómnibus- desciende al tube, o subterráneo, a palpar la opinión popular en una escena ridícula. Casi todas las películas de este tipo político suelen tropezar con un tipo de apelación a lo humano, que desvía la atención de los grandes temas y las lleva al pueblo raso, y con eso pretenden tocar la fibra sensible. Cuando en verdad no hace falta.


Filmado a puro claroscuro, reflejo de las fuerzas en pugna y a punto de ser vencidas, se trata de un film bélico sobre lo que sucede en el cuartel general, no en el campo de batalla sino en la retaguardia, en espacios cerrados y claustrofóbicos: el Parlamento, el Palacio, el bunker del Consejo de Guerra. Reducido a unos pocos días de aquel crítico mes de mayo, dice muy poco de la importancia de la participación yanqui en la guerra, y se limita a ridiculizar a un Roosevelt que pretende enviar armas de contrabando. Y sin embargo, se hace evidente que otro hubiera sido el mapa geopolítico de Gran Bretaña y Francia y toda Europa si ellos no hubieran intervenido.

1 de febrero de 2018

En defensa de la verdad

The Post: los oscuros secretos del Pentágono (The Post)
Dirección: Steven Spielberg
Guión: Liz Hannah y Josh Singer
Estados Unidos-Reino Unido/2017

Josefina Sartora


Steven Spielberg se ha auto constituido en una suerte de cronista fílmico de la historia de los Estados Unidos, según su personal punto de vista decidido a glorificar el espíritu americano, su cultura o el american way of life. Gran parte de su filmografía apunta a ese objetivo: Lincoln y la construcción de las instituciones; El color púrpura y la reivindicación de la identidad racial; 1941 y el estallido de la Segunda Guerra Mundial; Rescatando al soldado Ryan y la participación yanqui en esa guerra; El puente de los espías y el tránsito por la Guerra Fría; varios sobre la carrera espacial, sin agotar la lista. En algunas oportunidades, allí estuvo Tom Hanks con la mueca de su sonrisa sardónica para encarnar al héroe americano, pulcro, íntegro, intachable.

Durante la presidencia de Lyndon Johnson, la guerra de Vietnam ya se ve ingobernable, la derrota está allí. Pero por el contrario, el Secretario (o Ministro) de Defensa, Robert McNamara, no quiere aceptarla. El New York Times accede a documentos secretos del gobierno que revelan que desde Eisenhower, pasando por Kennedy y Johnson hasta llegar a Nixon, los Estados Unidos han intervenido en las políticas internas de Vietnam y desde hace tiempo saben que esa guerra está pedida. Y publican esos Pentagon Papers.


The Post refiere a The Washington Post, el periódico que cubre las noticias de la capital del país. Es decir, que ahora Spielberg se dedica a glorificar la labor del periodismo. En 1971 el diario cubría las noticias de la capital, con algo de chismografía, y luchaba por su supervivencia. Son tiempos apenas previos al escándalo Watergate. Su propietaria era Katharine Graham (Meryl Streep en otra actuación notable, nominada al Oscar), quien ha recibido ese legado familiar sin tener una formación profesional, con un pasado familiar doloroso, incapaz de tomar la palabra en una junta de inversores varones. Su director Ben Bradlee (Tom Hanks) ve que el Times les ha ganado una batalla periodística, y cuando el gobierno reacciona e intenta censurarlo, se pone de su lado. Más aún cuando esos papeles secretos también llegan a sus manos, gracias a la astucia de uno de sus editores (excelente Bob Odenkirk, distante de su personaje de Better Call Saul).

Se entabla entonces un dilema: ¿publicar la verdad vergonzante, que miles de muchachos fueron enviados a una guerra perdida, amenazando así la estabilidad del poder? ¿Arriesgarse a una batalla legal que los llevaría hasta la Suprema Corte y tal vez al cierre del diario? Para la señora Graham este conflicto es mayor, en cuanto ella es amiga personal de McNamara y comparten los espacios del poder.


Hace muy poco vi Rumores de guerra (The Fog of War), el documental que Errol Morris realizó sobre la trayectoria de McNamara. Resulta bastante asombroso que el ex Secretario accediera a horas de entrevistas, a sus 85 años, recordando esos años aciagos, justificando cada acto de gobierno. En 1971 ya no estaba en el cargo, había pasado a ser Presidente del Banco Mundial. En el documental, él cita a Kay Graham, quien le hace notar que Johnson lo echó de su puesto. McNamara ejerce presión, incluso amenaza a su amiga para que no publique la verdad.

Spielberg no abandona su lucha, pero debe adaptarse a los tiempos que corren, con la llegada de Trump a la suma del poder público. Nada es tan preciso, ni tan claro como solía. Los valores han perdido precio, o por fin los norteamericanos se dan cuenta de que nada es taxativo, que se acabaron los contrastes, que la vida circula en una suerte de claroscuro, donde los grises imprimen la tonalidad al siglo XXI. Sus héroes aquí no son monocromáticos, ni tienen una sola faz, viven con sus fallos, sus dudas, con más preguntas que respuestas. Pero sigue incólume su defensa del sistema, de la democracia y sus instituciones. Hablando del pasado, Spielberg da una lección sobre el funcionamiento de la democracia, sobre la independencia de los poderes, lección que también puede estar dirigida a nuestro país. Y lo logra con una mano experta en el desarrollo de la narración clásica, en el manejo de los tiempos, del timing, la urgencia y el suspenso. 
--> Es un maestro en el manejo del montaje paralelo.  Pero no podemos dejar de lado su evidente moralina, y alguna autoindulgencia. Spielberg ha declarado que deseaba dar un mensaje en momentos en que Trump amenaza ese orden democrático. No olvidemos que lo hace en la era de los wikileaks, Julian Assange y Edward Snowden.



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Por otro lado, su narrativa abarca una pintura de época, fotografiada por Janusz Kaminski en grises y azules para el ámbito periodístico, dorados y cálidos para el hogar de Kay Graham, con el humo del cigarrillo constante, con un vestuario que determinaba posiciones de poder, y conductas que hoy parecen superadas, sobre todo en cuanto a la condición femenina. Una línea narrativa subterránea atraviesa la toma de conciencia de Kay Graham, quien asume su rol, su lugar por derecho propio a pesar de la presión masculina, acompañada por las sometidas asistentes femeninas en un mundo de hombres.